Fachada a Diego León

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Fachada a la calle Diego León

La llegada a la dirección del Instituto del prestigioso catedrático don José Muntada fue de importancia decisiva para la realización del proyecto de construir un amplio pabellón que sirviera de fachada al establecimiento, pues siendo Muntada hombre de gran vocación docente y trabajador infatigable, tan pronto se posesionó de su cargo dedicó su incansable actividad para el logro de dicho objetivo, y a cuanto redundara en la mejora del edificio del Instituto. En ese aspecto figura en su haber la sustitución de la tapia que separaba el Jardín Botánico de la plazuela aneja a la calle Diego de León, por una verja de hierro, apreciable mejora efectuada en 1865, que hermoseó notablemente aquel paraje. Pero la principal tarea de Muntada, en ese orden de cosas, consistió en la realización de la aludida obra de construir una fachada a la calle Diego de León, que hasta entonces no había pasado de proyecto, y que él logró convertir muy pronto en realidad. En efecto, a los pocos meses de estar al frente de la dirección del Instituto, anunció al profesorado, en la sesión de claustro celebrada el 6 de enero de 1864, la excelente disposición en que estaba la Diputación Provincial cordobesa para la realización de las referidas obras de la fachada del centro, y aprovechando tan favorable coyuntura, dirigió a la Junta Provincial de Instrucción Pública un razonado escrito, del que se dio oportuno traslado a la Corporación Provincial, en el que se hacía ver la extrañeza que causaba la entrada del edificio del Instituto que siendo tan vasto y regular, se encerraba detrás de un muro informe y defectuoso. Llevado de su noble afán de superación de las actividades del centro que dirigía, hacía constar que su aspiración era convertir el Instituto en uno de los primeros de Europa, como ya lo era de España, y solicitaba de la Diputación arbitrase los medios necesarios para llevar a cabo las proyectadas mejoras. La Diputación, en sesión de 8 de abril del referido año, aceptó la propuesta de la Comisión de Fomento, accediendo a lo solicitado por el Director del Instituto, y para obviar el inconveniente de que dada la magnitud del proyecto, elaborado por el arquitecto provincial Nolasco Meléndez, fuese difícil a la Diputación hacer frente con sus solos recursos a tan cuantiosos gastos, Muntada, hombre realista, prefirió que se redujese el proyecto, sin menoscabo de que, más adelante, pudiera completarse, de acuerdo con las necesidades del centro. A tal efecto se hicieron las gestiones pertinentes para adquirir las casas números 4 y 6 de la calle Diego de León, pertenecientes a fundaciones administradas por el Hospital de Crónicos y el Cabildo Catedral, respectivamente, que fueron cedidas por dichas entidades al Instituto en 1866, a cambio de que se les abonara la renta que en aquel momento venían percibiendo de esos inmuebles. Buena prueba del entusiasmo que se puso en la realización de la empresa fue que el 29 de mayo, del citado 1866, se anunció la subasta para la ejecución de las obras, que dieron comienzo seguidamente, y el 16 de septiembre de 1868, en la lectura de la preceptiva Memoria con motivo de la inauguración del curso académico, cometido que en aquellas fechas estaba a cargo de los directores del centro, pudo anunciar Muntada, con legítimo orgullo, la terminación de las obras, si bien no ocultaba que el edificio quedaba incompleto, a falta de que más adelante hubiera oportunidad de terminarlo. Dando cumplida muestra de ecuanimidad supo aprovechar tan solemne ocasión para destacar los meritorios esfuerzos realizados por sus predecesores, para el mejor éxito de dicho proyecto, particularmente de los directores don Juan Antonio de la Corte y don Manuel Gadeo, que tan activamente cooperaron al logro de aquella iniciativa, y de modo expreso supo enaltecer la generosa aportación de la Diputación Provincial cordobesa que proporcionó los 58.000 escudos a que ascendió el coste de las obras, haciendo un cumplido elogio de los jefes de tan ilustre Corporación, hombres de diversa significación política, que no vacilaron en prestar el desinteresado concurso que la empresa merecía, así como a los jefes Políticos don Manuel Ruiz Higuero, don Romualdo Méndez de San Julián y don Bernardo Lozano, eficaces colaboradores de la obra inaugurada. La nueva edificación presentaba una amplia fachada, desde la esquina de la plazuela, en la que estaba la casa de los señores de León, hasta el palacio del marqués de Valdeflores, que ocupaba el número 29 de la Plazuela de Mármol de Bañuelos, y se le dio mayor elevación para que no desmereciera del vecino edificio construido hacía poco por los Puzzini, donde se instaló el Hotel Suizo. Cuando posteriormente, con el ensanche de este sector, se demolió el edificio del Suizo, para dar salida a la calle Claudio Marcelo y ampliar la Plaza de las Tendillas, esta fachada del Instituto, que ahora cumple su primer siglo de existencia, quedó formando uno de los lados de la plaza más céntrica y concurrida de Córdoba. Al construirse en esta plaza, denominada sucesivamente de Cánovas, de la República (y ahora de José Antonio) edificios de mayor altura, la antigua fachada del Instituto quedó empequeñecida, y sobre todo en un visible estado de incuria y abandono, tan habitual por desgracia en nuestros edificios públicos. De todos modos entiendo que por sus líneas sencillas y armónicas proporciones, es superior, desde un punto de vista estético, a la mayoría de los otros edificios de la Plaza, y merecedora de que hubiera sido tratada con mayor solicitud. Cuando se edificó esta fachada del Instituto (que todavía ostenta en su frontis la denominación de +Provincial;, entonces vigente) había el propósito de instalar en la planta baja de la nueva construcción los gabinetes de Física y Química, Historia Natural y Agricultura, y en la planta alta la Biblioteca Provincial, que según las disposiciones de entonces debían estar en los Institutos, pero tal propósito no tuvo cumplimiento, por necesitarse la nueva edificación para que los servicios docentes quedasen debidamente instalados.Con la construcción de esta fachada el Instituto de Córdoba experimentó una positiva mejora, debida al concurso valioso de la Diputación Provincial y al esfuerzo incansable de Muntada.

Fachada principal (actual calle Diego León) durante los años 30

¡ Qué ajeno estaría el ilustre Director, en el solemne acto de la inauguración de esta obra con motivo de la apertura del nuevo curso académico, a que pocos días después, con el triunfo de la revolución de septiembre de 1868, se premiarían sus loables tareas destituyéndolo arbitrariamente y con manifiesta desconsideración, de la dirección del Instituto! También preocupó a Muntada el ornato del edificio y para ello adquirió de una casa de Berlín cuatro hermosas farolas, que por aquellos años llamaron la atención en la ciudad, según oí referir a un testigo presencial, el médico don José Amo Serrano. Igualmente se interesó Muntada por adecentar los alrededores del establecimiento, pues por el trazado irregular de las calles y la falta de alumbrado nocturno daba lugar a que esos parajes, situados en lugar tan céntrico de la ciudad, fuesen aprovechados para fines poco decorosos, por lo que en 1865 se hicieron gestiones encaminadas a que aquel sector de la calle Diego de León quedara debidamente iluminado, medida que se completó en 1892 colocándose dos faroles en la puerta del establecimiento.Demuestra este profesorado un verdadero interés por acoger con la mayor prontitud los adelantos característicos de los descubrimientos técnicos de la época, así en la Memoria del curso 1885-86 se hace constar que se había instalado en el establecimiento un servicio telefónico entre la dirección, secretaría y sala del personal subalterno, de gran utilidad para la rapidez de los servicios y también por lo que toca a la Física experimental, en una de las aplicaciones más nuevas y curiosas de la electricidad. En ese mismo orden de cosas, en el año 1893, se dotó al edificio de seis pararrayos, a fin de que tuviera la debida seguridad contra los elementos atmosféricos, mejoras todas estas reveladoras de un afán colectivo de que el Instituto, pese a la notoria escasez de medios que entonces se dedicaba a las actividades docentes, contara con una instalación adecuada.

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